Periodistas
¿Juega un papel importante en nuestra sexualidad la profesión que desempeñamos?
Cuando una observa a un carnicero no puede dejar de imaginarlo tocando las carnes de su señora, y cuando miramos a una peluquera, nos la podemos imaginar dándole caña a su hombre, pero no todos los trabajos nos ofrecen pistas claras. Trataré de hacer un estudio científico-imaginario sobre cómo trabajan el sexo en las distintas profesiones. Comenzaré por el periodista 2.0.
Los periodistas monógamos no son amantes estables. Tienen la perniciosa costumbre de quedar "informándose" en el ordenador o en el televisor hasta avanzadas horas de la noche y sus parejas se quedan dormidas, hartas de esperar.
Esto sucede de lunes a viernes. Rara es la mujer de periodista que, llegada esta fecha en el almanaque, no esté con el labio de arriba torcido y con el de abajo famélico. Puede que el sábado caiga un polvete pero cuando el periodista extiende las plumas de pavo real es en domingo, su día ideal, aquel en que ha comprado todos los periódicos habidos y por haber en el quiosco, con sus revistas dominicales y especiales de economía que reparte entre el sofá y la cama.
Al periodista le gusta más que nada en el mundo pasar el Día del Señor leyendo, leyendo y follando, comiendo, comiendo y follando, follando y follando. En un solo día a la semana eleva las estadísticas de la media nacional en número de relaciones sexuales completas.

Flickr de From a second story
Al periodista varón suele gustarle compartir la vida con una mujer estudiada, para poder hablar y consultar con ella, pero el domingo pasa bastante de la cultura de su partenaire. Lo que ansía es que ella esté salida como gata en celo. El intríngulis de tenerla toda la semana a pan y cebolla no es más que un recurso de su subconsciente para que, llegado el santo día, su mujercita esté batiendo palmas con su palomita. Le gusta que huela la casa a todos los aromas que atraen a las hembras humanas cuando buscan el fornicio.
Al periodista le encanta que ella le rasque la espalda y le sople en la oreja:
.- ¡Ya no puedo más! ¡Estoy que hiervo!
Aunque durante toda la semana las insinuaciones de este estilo las deja correr, el domingo se empina en condiciones. El periodistilla también sabe de instintos. El suyo lo lleva a darle cobijo a la mariposa que le prestan como a cualquier hombre de bien. Ahora demostrará que es un homo sapiens, un mono de placeres cultivados.
Como cabría esperar, el astro rey del periodista es la lengua. La usa para unas lamidas cum laude porque es un lenguaraz y no hay hombre en el mundo al que le guste más recibir en los labios la crecida de la marea. No tiene pereza: ¿cómo había de tenerla si para él no es trabajo ninguno estar lamiendo, chupando, besucando, agujereando, relamiendo...?
El periodista se inspira mucho mientras desempeña esta agradable tarea dominical y a veces piensa que incluso su creatividad proviene de aquellos zumos sagrados. Hay que dejarlo solo cuando está enfaenado, con la cara toda mojada y su herramienta a punto de explotar, saltando en solitario. Sólo cuando la chica tuvo su éxtasis (uno o varios, él prefiere a las mujeres multiorgásmicas, aunque jamás despreciaría a una de orgasmo unitario) la penetra con la conciencia tranquila, a placer, dale que dale, venga que voy. ¡Hay que sacarle el sombrero al periodista de los domingos, aunque el resto de la semana sea un soso!
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Publicado: viernes 08-ene-10
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