Las_monjas

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   A mi abuelo le daban morbo las monjas. Era un marinero anticlerical que no pisaba la iglesia salvo que no fuera para despedir difunto o casar hija. Odiaba a los curas, pero con las monjas era más tolerante.

   No puedo decir la razón por la cual dos monjitas venían una o dos veces al año a hacernos una visita. Vestían al estilo tradicional, de negro y blanco, con las túnicas hasta los pies y el velo cubriéndoles el pelo.

    A mi abuelo se lo llevaba el diablo por saber lo que escondían debajo de todos esos ropajes aquellas lozanas monjitas. Como yo era una niña pequeña, la imagen que tengo de ellas es el de mujeres de avanzada edad, pero no deberían de serlo, porque recuerdo sus caras redondas, de pieles albas, sin manchas ni arrugas, y también sus voces como de terciopelo, con acento foráneo, de Castilla o de La Rioja. Yo, como mi abuelo, también les quería bien: eran de natural sonriente y siempre me traían bombones o golosinas que les daba la gente para caridad y que ellas empleaban para regalar a las visitas.

   Aquel día mi abuelo vió el cielo abierto cuando una de las monjas dijo:

   -Yo nunca he ido a la playa.

   Hacía unos meses que mi abuelo había comprado un Seat 1.200. Sin darles opciones, dijo:

   - ¡A bordo! ¡Venga, todo el mundo al coche, que las llevo a una playa muy bonita donde no hay casi gente! Y la niña viene con nosotros.

   La niña era yo. Y yo iba con mi abuelito adonde él mandara.

   Me sentaron delante. Sor Asunción y sor Manuela ocupaban el asiento trasero, todo nervio pero de puro contento.

   No es porque lo diga yo, pero a mi abuelo había que sacarle el sombrero con lo guapo que era. Además de buena planta, engatusaba a las mujeres con su conversación chistosa. Las monjas reían con las tonterías que les decía el marinero.



La playa, escondidita detrás de los pinos...

   Al llegar a la playa de la Concha, una que está escondidita detrás de los pinos, el sol lucía amarillo y el mar relumbraba azul. El calor era agobiante y las monjitas sudaban debajo de aquellos ropajes tan poco idóneos para el verano.

   -Vayan ustedes a la orilla con la niña. Yo las espero aquí, -dijo mi abuelo.

    Pero yo prefería quedar con el abuelo a jugar en el coche, ya que era una novedad y él me consentía estar en el asiento del conductor y entretenerme con todos los mandos.

   Las monjitas bajaron a la playa y mi abuelo se escondió detrás de un pino, prismáticos en ristre. Yo escuchaba sus risas, y venga reír, así que salí del coche para ver cuál era la causa de sus carcajadas.

   La alegría de mi abuelo se debía a que las monjitas estaban mojando los pies en la orilla del mar, y levantaban las faldas hasta las rodillas. A veces, incluso un poquito más arriba. Esa escena causaba un gran placer al mirón  que era mi abuelo.

   Pasados muchos años, en reuniones familiares, en cuanto el abuelo bebía un vaso de más, se ponía a presumir de haberle visto las piernas a las monjas. ¡Demonio de viejo!

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Publicado: viernes 13-nov-09

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