La_monitora_de_aerobic
Lunes y miércoles voy a una academia de danza. Allí nos reunimos una docena de mujeres voluntariosas que, después de los trabajos, de las compras, de las lentejas y los sanjacobos, aún sacamos tiempo para ir a mover nuestras carnes.
A mi izquierda se coloca Menchu. Siempre llega tarde, pues viene directamente de la oficina. Menchu es de esas mujeres largas de cuerpo, con el culo gordo como una calabaza, que seguramente venera su hombre, aunque a ella la acompleja.
A la derecha se sitúa Montse, que deja al marido y a los niños cenando y dice que viene para poder relacionarse y salir de casa. Montse está rellenita pero es la más grácil bailando. Detrás se pone Ana: nada por delante, nada por detrás, un junco verde. Allí estamos, enfrente de un espejo, de punta a punta, un grupo de féminas de belleza singular detrás de la perfecta belleza de la monitora.

Ella es absolutamente sexy: una amazona con cara de diosa y un tipazo increíble. Una joven vanidosa y con adicción a mirarse al espejo. Viste mallas de cadera baja bien ajustadas que resaltan sus nalgas caribeñas enmarcadas con el tanga que contrasta con su cinturita estrecha que menea y retuerce con un gesto propio de danzarina oriental y que potencia con un top para que se note la barriga modelada a base de medio millar de abdominales diarios.
Le encanta mirarse y que la admiremos. La monitora balancea el cuerpo como si nos quisiera excitar o provocar envidia: no os lo sabría explicar. Es como una gata cruel a la que le gusta reírse de los demás y su víctima preferida es Menchu, la del culo como una cesta, tan torpe. Ataca a la más débil, como acostumbran a hacer esta especie de niñas bobas.
Su sadismo es sutil: se coloca a su altura para explicarle esos movimientos de pelvis que en la maestra resultan encantadores y que en Menchu parecen ridículos y se los hace repetir. Una y otra vez. Disfruta como una bruja comparando su cuerpo con el de la otra y obligándola a menear aquellos jamones.
Busca la complicidad y la risa en mi mirada, pero por supuesto que no la encuentra: mi sadismo va por otros senderos. ¡Si ella supiera!
Lo tengo bien estudiado. Paso a paso, yo le daría un buen merecido a esta zorra narcisista:
Salgo de los vestidores con mi short de cuero rojo, con mis botas de caña alta y tacón imposible, con mi corpiño de tachuelas y el antifaz de látex. Ni que decir tiene que llevo látigo. Me sitúo delante del grupo, enfrente de la monitora. Nuestros pechos casi se tocan.
.- ¡Se acabó la fiesta! ¡Desnúdate delante de todas! -le digo con la cara muy seria y haciéndome acompañar de un chasquido con el látigo.
No tiene opción. Mis compañeras se ponen inmediatamente de mi lado, con sus caritas coloradas de placer secreto que comparten conmigo al humillar a "ésa". Se sientan detrás de mí para contemplar el espectáculo, el tremendo espectáculo de esta atleta desnudando su cuerpo, el cual se ve multiplicado por dos gracias al enorme espejo del aula.
La presumida monitora, en cueros, mantiene su perfección pero ahora es más vulnerable y sus pechos sin sujetador son excesivamente pequeños. Menchu se coloca a mi lado. Parece otra, con eses sandalias encarnadas y el collar de mil bolas como única indumentaria. Se sienta en mi cadera. Sensual, Menchu figura desmelenada, con las piernas bien abiertas, como si presumiera de su matojo. Me lanza miradas libidinosas, con una sonrisa escorada dibujada en los labios pintados:
.- ¡Quiero que me lama! ¡Oblígala!
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Publicado: viernes 04-dic-09
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