El_torero

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    Lo mejor del torero es su paquete. El culito ceñido debajo de las mallas tiene su encanto, pero el paquete es asombroso. El día que me enteré de que toda su enorme prominencia no correspondía sólo a sus genitales, respiré aliviada. Por lo visto, les ponen unos protectores almohadillados para que no se note que gozan de una erección.

   Desde siempre la atención que pongo en el espectáculo nacional está dirigida a ese tremendo bulto uniforme que los toreros muestran sin vergüenza alguna. Caminan con eso entre las piernas como si nada aconteciera. Digo entre las piernas pero no es así exactamente: a menudo llevan el globo escorado hacia una de la ingles, supongo que dependerá de si el tipo es zurdo o diestro y coloca su tranca donde mejor le va para cogerla. Donde le apetece.


   El paquete de los toreros forma parte de mi mitología personal desde el día que vi que uno se excitaba contra el toro, que frotaba su aparato contra el animal herido. Lo hacía con todo descaro y, aún por encima, se enorgullecía de ello y saludaba al público, que aplaudía. La bestia negra pasaba a su lado, por debajo de la muleta, y el torero aprovechaba para arrimarle el asunto contra el lomo. El traje, amarillo y bonito con sus filigranas, le iba quedando rojo por la sangre fresca justo en su protuberancia, con lo que daba una imagen tremendamente obscena. El espectáculo era escandaloso por sí mismo: el hombre practicaba una sutil zoofilia, unida a un expreso exhibicionismo y un más que manifiesto sadismo y todo eso aumentado por el voyeurismo del público gritando: ¡Olé! ¡¡Oleee!! cada vez que el torero refregaba su polla contra la fiera.

    El animal parecía darse cuenta de la agresión sexual a que el hombre lo sometía y cuando iba hacia él no era la muleta a lo que quería clavarle sus astas, sino al badajo del chulo de traje de luces.  Resultaba emocionante: el torerito, bravucón, apretaba sus nalgas y adelantaba la pelvis, bramándole al toro: Ei!, Ei!, y el astado bufaba agotado hasta que reponía fuerzas para arremeter de nuevo contra el erecto varón. Este sabía torear al otro, usaba su inteligencia humana para dar un saltito justo cuando el cuerno se le acercaba al miembro y le ponía delante la tela del capote. El pene volvía a pasar por todo el lomo de la bestia sangrante, la cual ya no daba pie con bola, el pobre.

    Al final lo mató, le clavó una y dos veces la espada y el animal murió. El torero paseó por toda la plaza con una oreja del difunto en la mano y con el paquete encarnado por los restos de la sangre seca.

    Dió la vuelta al ruedo para festejar su corrida. Tremenda corrida.

Susana Moo

Erotomana.com

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Publicado: viernes 12-feb-10
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