El_señor_Avelino
El señor Avelino es un vejete con la cara arrugada, boina en la calva y un mondadientes entre los dientes que no suelta desde que abandonó el hábito de fumar. Ya su corazón le ha dado un par de sustos, por eso su mujer, Maruja, y él viven ahora en Vigo porque allí residen sus hijos.
Los fines de semana van a la aldea y allí el señor Avelino todavía coge su azada, limpia la huerta, poda la viña y trabaja bastante. En Vigo sin embargo lleva vida de señorito. Como hizo siempre, se levanta con el sol, almuerza pan mojado en el café aguado que le prepara Maruja y se va hacia la parada del autobús, como quien se marcha al trabajo, pero él va de paseo, a mirar jóvenes. Aunque ya cumplió los setenta todavía camina erguido y no perdió el apetito.
Como posee el carnet de pensionista, el autobús le sale gratis. Monta en el circular que le da la vuelta a la ciudad y baja donde le parece, para retomarlo luego otra vez. Se apea en la plaza de la Princesa y camina hasta el Berbés para mirar a las pescaderas y el pescado; o en la avenida de Castelao, para echarles un vistazo a las dependientas del hipermercado. Pero donde mejor se lo pasa es en Traviesas, porque allí hay mujeres por un tubo caminando por la calle cualquier día por la mañana.

Avelino es de gustos amplios, muy benévolo con la belleza femenina, pero tiene también sus preferencias: las cincuentonas y sesentonas que circulan con el carrito de la compra le encantan si mantienen sus curvas y mueven el pandero con donaire. También disfruta con las chavalitas de quince del instituto y le encanta la moda de los pantalones de talle bajo, que dejan ver las chichas de la espalda. Se lo pasa pipa el hombre mirando a unas y otras y les habla por lo bajines: “¡Qué peras gastas, niña!”, ¡Ay, quién subiera por la raja de tu falda!”, pero también es crítico con lo que tiene delante y no tiene compasión cuando alguna no le llena el ojo: “Tú, nena, por mucho tacón que lleves, no te quiero ni para pitanza de mis cerdos”.

Las que más le interesan son las de culos gordos y cintura estrechita, las de pechos llenos, pelo largo y labios pintados. ¡Llámale tonto! Cuando encuentra una jamona de éstas, la persigue unos metros, asintiendo con la cabeza.
Avelino, a quien en la aldea conocen por Lino, no tiene vergüenza en mirar a unas y otras por delante y por detrás, por encima y por abajo, sin disimulo ninguno, con el palillo en la boca y su boina en la calva.
Yo no sé si al señor Avelino aún se le trempa el asunto pero pudiera parecerlo, por el gusto con que pasa toda la santa mañana ciudad arriba, ciudad abajo, susurrándole a las mujeres.
Cuando llega la una de la tarde, Lino coge el Vitrasa que lo lleva a casa porque Maruja ya le tiene la comida preparada y son muy puntuales para comer.
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Publicado: viernes 28-may-10
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