El_podador

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   Tenemos un terrenito en la aldea y, cuando la primavera despunta hace falta podar y limpiar la maleza. De desbrozar se encarga Cándido, al que apodan Chiño, un vecino de aquí al lado.

   No se puede decir que Chiño sea guapo así a primera vista: es un labrador de estatura más bien recortada, con la piel curtida por el sol, el viento y la lluvia. No sabría deciros su edad, pero a buen seguro que ronda entre los treinta y los cincuenta.

   Chiño llega a mi casa y lo invito a café.

    .- ¡No, gracias! Ya lo tomé en el Atalaya.

    Chiño me trata con respeto y no nos tuteamos. Nos miramos como indagando el uno en el otro porque ambos sentimos curiosidad mutua pero no tenemos mucha conversación, ni siquiera espontánea.

    El hombre trae gran energía y yo le dejo hacer. Se mete en la caseta de los aperos, se viste el pantalón viejo, la camiseta gastada y botas. Carga con su desbrozadora a la espalda y se ciñe el parapeto de plástico transparente para protegerse los ojos.

    Yo lo vigilo desde lejos, pues quiero ser discreta y además el ruído de la máquina me molesta mucho. Vigilo cómo Chiño acaba con helechos y zarzas, pero sobre todo espío el momento en que Chiño comienza a sudar. ¡Hay que ver cómo moja todo el cuerpo! La camiseta, breve, le queda ceñida. A veces levanta el parapeto y se limpia la frente con el antebrazo, pero no se entretiene, trabaja de seguido. 

   Sobre el mediodía, Chiño ya debe estar reventando de cansancio.

    .- ¡Chiño! ¡Venga a tomar una cerveza, hombre! -le grito para que me escuche por encima del ruído del motor.

    .- ¡Voy!

    El hombre se avergüenza de estar tan sudado, tan sucio en mi presencia, pero a mí me encanta ese contraste. Tanto es así que aproveché para ducharme justito antes de ir a llamarlo. Huelo fresca como una flor, tengo el pelo todavía mojado.

    .- Me voy a lavar un poco - me informa Chiño, aunque me pese.

     Allá se vá al pilón de la fuente, a restregar la cabeza entera debajo del chorro. Se frota las axilas y los brazos, repasa el pecho y el cuello. Chiño está muy cachas. No es un musculitos de gimnasio: es pura fibra apretada, carne dura como piedra, tensa incluso cuando está relajado. Chiño lava sus músculos en el pilón y usa el jabón lagarto de la ropa para refregar su piel discontinuamente bronceada, con ese marcado "moreno de obrero", ése en el cual los brazos denegridos contrastan con los hombros de nieve.

    Tiene abundante pelo en el cuerpo, salvo en la espalda. Sobresale en brazos y sobacos pero donde se hace realmente espeso es allí donde comienza el pantalón, allí donde Chiño guarda lo que nunca le he visto.

    Chiño se viene a tomar la cerveza limpito como una patena, pero ya empieza a sudar de nuevo. Le sirvo su bebida fría pero antes quiere agua y bebe. Bebe con ansia y me divierte ver su nuez subindo y bajando con los tragos que envía garganta abajo.

    Ya como norma, le sirvo también un bocadillo de jamón de barra entera, que come con tanta fruición que da gloria verlo.

    .- Chiño, ¿le pongo otra cerveza?

    .- Está bien, señora.


    Poco a poco Chiño y yo hablamos. De la cosecha de miel de este año. Del vino. De la casa que está construyendo la hija del dentista. Pero Chiño es un hombre de acción y no se anda con comadreos:

    .- ¡Venga, al trabajo! - dice, y se marcha a buscar la desbrozadora.

    Mientras, yo... yo... En fin, tampoco creo que sea conveniente que les tenga que contar todo lo que yo hago.


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Publicado: viernes 20-nov-09

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