El_marinero
Mi padre trabajaba embarcado, iba al bacalao al Gran Sol y se tiraba en el mar cuatro, cinco y hasta seis meses seguidos. Cuando estaba a punto de llegar, mi madre se ponía nerviosísima ¡pobre! quería que la casa estuviera limpia como una patena, todo en orden, impecable para el marido marinero. Mataba el gallo más gordo del corral, lo guisaba con patatas y además cocía langostinos con laurel y prepara una empanada de manzana y pasas de chuparse los dedos. A pesar de andar a mil por hora, le daba tiempo a reñir por esto y por aquello. Se ponía histérica, no había quién la aguantase hasta el momento de salir de casa.
Entonces sufría una verdadera metamorfosis; se había ahuecado la melena y la llevaba suelta, calzaba tacones, las uñas pintadas de rosa, los labios perfilados con carmín, se adornaba además con los pendientes, pulseras y anillos y parecía otra, la mirada le resplandecía ¡estaba guapísima!
Mi hermana y yo estrenábamos vestido y nos peinaba con coletas y lazos tan apretados que íbamos hasta el puerto refunfuñando, pero todo cambiaba cuando conseguíamos ver la cara alegre de mi padre y nos abrazábamos al marinero que olía a tabaco, a sal y a mundos lejanos.
Por el camino, de vuelta a casa, todo el mundo nos miraba y nos saludaban con una sonrisa. Mi padre aspiraba hondo, pleno de satisfacción, al entrar en su hogar, se daba una ducha rápida y nosotras poníamos la mesa con las copas y las servilletas ribeteadas de ganchillo y luego comíamos hasta hartarnos mojando en la salsa con pan mientras mi padre contaba historias de sirenas y de olas gigantes. Después, cuando ya había tomado el café negro, su cigarro y su copa de aguardiente, mi madre se apresuraba a decir:
.- ¡Venga, poned la tele y estaos quietecitas! vuestro padre tiene que descansar.
Él asentía y se marchaba al dormitorio después de darnos una moneda de cien para la hucha. Mi madre se apresuraba detrás de él y cerraban la puerta con pestillo.
Si dormían o no dormían no lo sabemos, pero nosotras, después de estar un montón de rato viendo los dibujos, nos acercábamos a hurtadillas a escuchar detrás de la puerta ¿ es que no se van a levantar nunca? ¿qué hacen ahí metidos?
.- ¡Están cambiando los muebles!, aventuraba mi hermanita.
.- ¡Shhhh!
A veces se escuchaba la risa floja de mi madre pero al poco ya no se oía nada, como si nadie estuviese allí dentro.
Al morir la tarde, salían juntitos del dormitorio.
.- Niñas, ¿Vamos a tomar un chocolate?
Y allá nos íbamos saltando, con la sonrisa en la boca, las tres porfiando por darle la mano al papá, juntos los cuatro, hablando por siete.
www.erotomana.com
Los textos en castellano de Susana Moo,aquí
Os artigos en galego, aquí
Publicado: viernes 19-mar-10
Páxina anterior: Susana_Moo_castellano
Páxina seguinte: Por_libre_2010
Agregar Comentario