Deficiente
No sé qué palabra emplear para no ofender a la gente que le tiene, que le tenemos, cariño a alguien como Sandra. Retrasada, subnormal, discapacitada psíquica, disfuncional, deficiente… eso era Sandra, aunque en su físico no se notara demasiado, si no fuera por su andar torpe, por su hablar atropellado y por esa expresión que indica ausencia de un último hervor.
Extrovertida y habladora, llegó a mocita con tendencia a enamorarse, cariñosa y zalamera de más, tanto, que se comenta que había un viejo verde aprovechón que le contaba historias con la finalidad indigna de catar carne fresca, pero parece que la sangre no llegó al río, porque ella estaba muy vigilada por su madre.
Por las mañanas, la niña-mujer ayudaba en casa y colaboraba bastante, porque era muy obediente y dispuesta. Por las tardes acudía a la asociación de minusválidos, al taller de escultura, donde se llevaba bien con unos y con otros. Todos sus compañeros piaban por ella porque, si uno se fijaba bien, Sandra era muy coqueta y alegre, con unas pechugas que ya le gustarían a una “normal”. Se hacía querer porque parecía conforme con lo que le tocara vivir.

La asociación funcionaba de maravillas, hacían excursiones y pequeños viajes. En una primavera invitaron a los de la asociación en Barcelona y los llevaron a las islas Cíes, luego los pasearon por Compostela y organizaron un baile. Sandra y Pedro, un síndrome de Down tierno como un pollito, se enamoraron como dos patitos y lloraron al despedirse, las manos cogidas. Después se escribían enternecedoras cartas de amor con dibujos de corazoncitos y mariposas.
Pedro, enamorado hasta la médula, era hijo de una familia bien de Cataluña, y sus padres decidierona compañarle para visitar a Sandra. Aquella explosión sexual no dejaba indiferente a nadie: estaban salidos como los novios recientes que eran y el padre de Pedro le enseñó a su vástago a ponerse el condón por si pasaba lo que parecía inevitable ante aquella pasión. Pero creo que no llegaron a consumar nunca, porque la madre de Sandra la tenía amenazada:
.- ¡Cómo alguien te toque la pachocha, te pego una paliza!, le repetía a gritos, clarita como el agua.
Y ahora aún más. Ahora la madre de Sandra, que era una mujer ignorante y cargada de prejuicios, la aleccionaba sin descanso:
.- ¡Estáis tontos los dos! ¡No hacéis más que el ridículo!
Llegó el momento en que Pedro tenía que marcharse con sus padres, pero antes de partir fueron a parlamentar con la madre de Sandra y le propusieron llevársela con ellos.
.- Tenemos un apartamento justo encima de nuestro piso. Podemos ayudarles a cuidarse. Si consiente en que Sandra venga, haremos lo posible para que sean felices.
Sin embargo, la madre se negó en redondo.
.- ¡Esta gente está loca! .- le comentaba a sus comadres. .- ¡Quieren a mi Sandra para que le caliente la cama a ese anormal!
Sandra se quedó donde estaba.
Pedro marchó.
Y fueron envejeciendo solos.
Nunca más el amor llamó a sus puertas.
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Publicado: viernes 07-may-10
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