Hombres y mujeres que trabajan cerca de la enfermedad o de la muerte son los mejores amantes, por esa atracción lógica que existe entre Eros y Tánatos.
Si una mujer busca un amante apasionado que aúne potente pulsión y ternura romántica, debe buscarlo en los hospitales o en las funerarias. Los celadores son magníficos, pero los mejores son los guapetones que contratan las empresas de pompas fúnebres.
Antes, cuando alguien moría, eran los hombres de la familia del difunto los responsables de portar el féretro desde la casa hasta el cementerio, lo que suponía una manifiesta injusticia y una tremenda incomodidad, dadas las diferencias de estatura de unos y de otros: los más altos soportaban todo el peso y los bajitos caminaban debajo del ataúd tan panchos. Hoy, tal práctica está pasada de moda y resulta mucho más gratificante que sean fornidos muchachotes los que realicen ese delicado trabajo.
Yo lo que no sé es quién se dedicará a la selección de ese personal, porque lo hace divinamente. Los gañanes son todos altos y buenos mozos, con el pelito todo engominado, con sus corbatas, símbolo fálico por excelencia, colgando ostentosas de sus cuellos.

Son ocho o diez, nunca tuve curiosidad por contarlos, y caminan acompasados: pierna derecha, pierna izquierda, cara de circunstancias. Los familiares lloran, mortificados, pero si tú no tienes tanta pena por el fallecido porque lo conocías poco o incluso te caía antipático, puedes clavar la mirada en uno de esos muchachotes portaféretros y hallarás sin dudarlo la fiebre de su naturaleza revolviéndose, huyendo de la desesperanza que producen los entierros.
Mientras el sacerdote habla y despide con oraciones al difunto, una no puede dejar de observar esos caramelos trajeados: me encanta soñar que es a mí a quien portan. Me explico: lo que imagino es que el ataúd es como una camilla y que esos hombres son esclavos en taparrabos que me trasladan a bañarme a la Laguna de las Delicias, lugar en el cual los invitaría a ponerse a remojo conmigo.
Porque en verdad es desolador pensar que la única vez que un conjunto de caballeros me transportarán encima de sus hombros sea cuando yo esté fría como el mármol y sin esperanza alguna de disfrutar de un orgasmo. ¡Aunque que fuera pequeñito!
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